Que sola te vés..

Que sola te ves, tan grácil, y tan débil, tan delicada. Sola, con el pelo recogido y la mirada infinita fijada en un muro sin lamentarte, sin un rumbo fijo, como si la vida ya no te esperara en la esquina ni los sueños fueran suficientes.

Te ves sola como una hoja de octubre, triste, dando pasos pequeños, al sol. Me recuerda al poema ese, “le desespoir est assis sur un banc”, no recuerdo como continuaba de Jacques Prevert que murió en la Normandía que a veces nos une y que tanto nos separa. Ese banco era lindísimo, negro, quizás hasta siento en mi piel el mismo vértigo vital de cuando no sucede nada, de cuando todo esta por pasar, de cuando todo se para en un banco o simplemente en dos pasos de una acera.

Sola envuelta del ruido de los demás y las miradas silenciosas y las estridencias de una mañana fría.

Y te veo lejos, y te quiero aun más lejos. Pero te siento cerca, y te quiero, aunque sea en momentos perdidos, más cerca.

Si la brisa de la mañana se cargara de arena fina podría ofrecerte de nuevo una playa, o un simple banco bajando por ese parque eterno lleno de flores la primavera pasada. Que bonito, que largo y que fugaz fue todo, y que poco supimos hacerlo, porque todo era nuevo y pasó sin remedios, como un rayo, como cuando la pagina de un libro cualquiera te corta como un filo de acero gélido la punta de un dedo. Mis manos tienen muy presente el tacto vital de tu piel, y mis ojos tu mirada vendida al destino, ofrecida como un presente a la vida que tanto miedo tenemos que se nos escape entre los suspiros de las palabras no dichas.

Nadie te escribirá como lo harán ellas, nadie sentirá como yo tu soledad de lejos. Como si fueras un leve aliento dulce pegada a mil flores primaverales que ven un otoño en la esquina, te he visto sin sombra en la otra esquina. Y de golpe, te he echado de menos como cuando te falla una pierna, o te quitan un ojo. Ausencia de presencia y horizonte.

Que sola te ves, y que triste y que entera cuando nadie te mira y que frágil cuando me desesperas con tu silencio impuesto y tus piernas largas y tus pasos cortos. Porque son cortos, como si temieras caerte o como si supieras de antemano o ante pié que tu caída esta firmada y mi despecho es enojo y pura rabia. Una rabia aguda pero sin uñas, entrecortada como la respiración de un naufrago, silenciosa como la mirada de un lobo antes de morir. Has visto nunca los ojos del que se sabe muerto antes puro de vida? Su mirada te penetra y te atraviesa desde el pecho a la espalda, y siempre lo hace en un silencio estruendoso y atronador, como las tormentas que uno vive desde dentro y que nunca aflora en mil llantos desacompasados que le harían parecer un cobarde, o un miedoso. Hay tanto valor escondido en las lagrimas que no echamos a la mejilla.

Si tu supieras como te guardo te comería la angustia, te carcomería el alma, y pensarías que estas loca. Lo sé porque lo vivo así. Cada día es una sinrazón, como una alameda sin arboles hacia un cementerio sin almas. Como un buenos días sin respuesta o un levantar la mano, o un leve levantar de cejas sin respuesta. Hay algo más solitario que estar cerca de ti y que no me respondas al saludo? Hay alguna cosa peor que te olvide, o que te olvide el olvido.

Y que no sepa quien eres o que en tu olvido me olvide de mí mientras te escucho

 

 

 

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